Reflexiones, Viviendo en el Exterior

El día que Seúl se convirtió en mi hogar

Hace 3 meses, cuando nos mudamos a Seúl, no tenía idea de cómo me acomodaría a esta nueva ciudad. Luego de haber estado casi 3 años en Denver, esta capital de Colorado se había convertido en mi hogar. Pero… siguiendo pasos nómadas, una madrugada en mayo resultamos con visa en mano, 4 maletas, cámara y computador en el aeropuerto, listos para embarcarnos a una aventura coreana. Durante aquel vuelo me la pasé pensando cuánto me tomaría llamar a Seúl my home.

Hoy, ya tengo la respuesta: 90 días, 17.000 millas, 6 hotel check ins y check outs.

Colombia y Colorado han sido y seguirán siendo 2 de mis más preciados hogares. Colombia, por un lado, es mi identidad; Colorado, por el otro, me recibió con sus brazos abiertos estando recién casada. Últimamente, Seúl se ha estado metiendo entre los laditos y, ahora, es parte de esta exclusiva lista. ¿Que cómo sucedió ello? Déjenme contarles los detalles.

Mudándonos a Seúl

Unos 15 días antes del vuelo planeado, empezamos a empacar; la ropa en maletas y los chécheres en el depósito. En el proceso donamos ropa, comida, bebidas y ¡hasta cremas antiarrugas que me regalaron y nunca utilicé! Vendimos el carro 3 días antes del vuelo, alistamos nuestros pasaportes y limpié aquel condominio que había sido nuestro dulce hogar. Pasé en vela las dos últimos noches. La mañana que viajaríamos me quedé dormida 20 minutos mientras me cepillaba el pelo, y ¡eso que estaba mojado!

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Antes de dejar Denver del todo, sabíamos que volveríamos de visita en dos meses. La hermanita menor se nos casaba, amigos de Brasil celebrarían su matrimonio en Cancún, y Brendon tenía que ir a una conferencia de trabajo. Ello hizo que la despedida se sintiera más como un “hasta pronto” y no como un “hasta quien sabe”.

Llegando a Seúl

Aterrizar a Seúl fue la felicidad total. Un nuevo capítulo de mi vida comenzaría. Después de hacer fila por 45 minutos en inmigración, obtuve mi primer sello de entrada. Eran las 4 pm, el cielo estaba azul y despejado, el sol calentaba y una suave brisa refrescaba. Esa noche y los próximos días nos quedaríamos en un apartamento provisional mientras buscábamos uno que nos recibiera con gusto. Nos fuimos House Hunting una tarde y el segundo apartamento que vimos, fue el que resultó siendo el nuestro.

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Pude desempacar por fin. De un walking closet que tenía en Denver pasé a uno enclustrado en la pared. Pero no importa, pues es grande y suficiente para la ropa que tengo (¡por ahora!). La cocina es pequeña, pero es abierta o “americana” como le llamaríamos en Colombia. Un baño con tina, 3 habitaciones, zona de lavandería y closet a la entrada para los zapatos ocupan un área total de 70 metros cuadrados.

Esos primeros meses pasaron volando. Exploramos nuestro barrio, aprendimos a coger el metro y los buses, fuimos a dos partidos de fútbol, visitamos una pequeña muestra de la cantidad de cafés que hay en la ciudad, y fuimos a comprar mesas de noche, y también al supermercado. En menos de nada ya teníamos que ir otra vez al continente americano por 3 semanas. ¿Cómo así? ¡Si apenas hemos llegado! En ese momento Seúl lo había sentido como algo pasajero y no como permanente.

Empaqué maletas otra vez. No solo estaba emocionada de viajar, sino también esa alegre sensación de volver a Denver por unos días, estar en lo conocido, y visitar amigos me invadía por completo.

Dejando a Seúl por vacaciones

8000 millas volamos. Llegamos a Cancún donde alquilamos carro y fuimos a Chichén Itzá, a Cobá -la pirámide más alta de Yucatán-, a Tulum, a Tortugranja en Isla Mujeres y acompañamos a nuestros amigos cariocas contraer matrimonio. Fueron 8 días de más y más millas, de hoteles, de diversión, de piscina, de playa y de amistad. Al final del viaje estábamos exhaustos. Estuvo de Murphy que nos subiéramos al avión llenos de Ketchup, pues alguien pisó -preciso enfrente de nosotros- uno de esos paqueticos que se encuentran en los restaurantes. ¿Y Murphy por qué? Porque Brendon, más que nadie, detesta el olor a salsa de tomate.

Volver a Denver después de 2 meses y estar de visita en vez de tener una vida, me dio una bofetada pues me sentí como una extraña. No tenía acceso a mi condominio, no tenía carro ni pase para el bus, estaba durmiendo en una cama que no era mía, y estaba viviendo de una maleta. Ese hogar que me había visto llegar 3 años atrás me estaba diciendo con alaridos que me quería, que todavía era de él y él mío, pero que en este momento teníamos deseos diferentes.

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Me divertí, eso sí, pero el mismo sentimiento de pertenencia ya no estaba allí.

Haciendo de Seúl un hogar

Durante las 7000 millas de regreso no hice más que pensar en la alegría que me daba volver a ver a Seúl. Era esa pareja que aunque con diferencias culturales, con otro idioma y con mucho mayor tamaño de lo que me había acostumbrado, me había dado una oportunidad de enamorme de ella. Me estaba mostrando su forma de ser, y me había dado mi propio espacio. En otras palabras, me di cuenta de que…

¡El hogar es como el marido de uno!

Hogar no es el espacio físico, sea casa o apartamento, sino es el sentimiento de confianza y de comodidad que nos ofrece aquel espacio. Es donde podemos ser nosotros mismos, donde nos podemos levantar despeinados, sin maquillaje y sin ropa y sentir la plena seguridad de todavía ser apreciados.

Es el que nos recibe todos los días con las cobijas tendidas o destendidas y es cómplice de nuestras alegrías y de nuestras tristezas. Dicen que el hogar es donde está el corazón, y así como éste está con la pareja de uno, también está con el hogar.

Llegué a Seúl por segunda vez. Nuestro pequeño apartamento nos recibió con una grata bienvenida. Despeinada, cansada y adolorida me lancé entre sus cobijas tendidas. 90 días habían pasado desde nuestra primera llegada; 17.000 millas habíamos viajado de ida y vuelta a México y a USA; 6 hoteles nos habían hospedado, y aunque nos dieron diversión, no se sintieron como home.  

Ese fue el día que Seúl se convirtió, finalmente, en mi hogar.

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